Sotillo Verde

Daño Ambiental

 

RÉQUIEM POR UN RÍO

 

Existió una vez un río, que como todos, nacía de un limpio y cristalino manantial. Brotaba entre verdes junqueras a los pies de la Sierra de Gredos.

El agua manando a borbotones bajaba serena dando vida a márgenes y ribazos. Tanta calidad y pureza tenía, que su cauce era un escenario de una exuberante vegetación: Pinos, fresnos, álamos; olivos y helechos; vides y  plantas aromáticas.

Su caudal y entorno, hábitat de numerosas especies: Truchas, bogas, barbos, ranas, aves acuáticas y diversas clases de mamíferos. Un verdadero ecosistema, hacía singular el valle que horadaba.

Los habitantes admiraban con fruición su entorno, bendecían la riqueza natural que “su río” dejaba al regar los términos.

Cantidad de acequias, hacía de sus huertos y prados auténticos vergeles. Sus ganados crecían sanos y fuertes, presumiendo en ferias de sus mejores ejemplares.

La vida junto al río, armónica y agradecida, ponía en boca de los hombres su excelencia. El río con su renovado fluir se mostraba complacido por los cuidados y atenciones de sus habitantes.

Todo transcurría idílicamente, parecía como si los hombres y el río hubieran sellado un pacto secreto: “Tu nos das vida con tus aguas; nosotros, agradecidos, mantenemos la tuya”.

Pasaron años y el hipotético pacto seguía con frenesí.

La  prosperidad emergente, hizo crecer las poblaciones del valle, hasta límites insospechados.

Con ese crecimiento apareció la industria, la construcción se desorbitó, los pueblos se extendieron sin ningún tipo de control.

El río empezó a notar que los pobladores no parecían los mismos. Agitados con su expansión, empezaron a olvidar las premisas contraídas. Ante la falta de agua para acometer sus desmedidas empresas, desviaron el curso de las fuentes y gargantas de la sierra, para con su embalse dar servicio a todo tipo de actividades: Riego de urbanizaciones, piscinas,   ¿campos de golf?...

Fue entonces, cuando el río comenzó a quejarse:

¿En que he fallado? ¿Por qué me restan el agua?

-El agua es mi sustento; mi sino. No puedo crear vida sin ella.

¿Qué será de las especies que en mi habitan y que por mí existen?

Herido en  “lo más profundo”, no daba crédito a lo que estaba sucediendo: él que se sentía amado por todos los seres vivos, ahora, era relegado por el ser humano.

No podía creer que los sentimientos del hombre, fuesen tan superficiales, tan efímeros, llenos de ambiciones e intereses.

Tenía la esperanza, que un cambio en su actitud, la recapacitación sobre sus acciones, le hiciera cambiar y todo volviese a ser como antes.

¡Que confundido estaba El Tiétar! Sus pobladores se habían olvidado totalmente de él.

No solo se limitaron a restarle el agua suficiente para su mantenimiento, sino que además de utilizarla en sus diferentes usos, tanto industriales como particulares, se lo lanzaban sin ningún tipo de depuración al cauce, como si se tratase de una alcantarilla.

El no podía gritar para que parase todo el mal que se le estaba haciendo.

Hubo ciertos sectores de la población (los mínimos) que daban cuenta de la situación y tímidamente expresaban sus inquietudes a las autoridades locales y regionales. Estos no reaccionaron.

Con todo, se seguía contaminando el río día tras día y así muchas de sus especies no aguantaron. No podía utilizarse el agua para el riego en la agricultura y el ganado no podía abrevar. En las proximidades de su orilla no se podía  aguantar el hedor que desprendían sus aguas, siendo peligroso para la salud de las personas.

El Tietar estaba herido de muerte: se había convertido en una cloaca.

¡Pensad por unos instantes y reflexionad!

Imaginaos que el “Valle del Tiétar”, tuviera que llamarse  por este motivo el “Valle del río Muerto”.

¿Pensáis que lo debemos permitir?

 

JESUS MANUEL ALVAREZ SALAMANCA